Las pastillas buenas

Las principales anécdotas, que son muchas después de unos cuantos años de mostrador, están relacionadas con el lenguaje. Era muy habitual que llegasen usuarios de Marruecos (la frontera está a escasos 5 km) con una prescripción en el que el nombre del medicamento estaba mal escrito o como a ellos les sonaba:  desde una caja de “Springfield” para referirse al medicamento de ibuprofeno, “pocito” para decir callito o “vitramento” para el calmante vitaminado.

Desde tener que pasar a un usuario dentro de la rebotica y continuar atendiendo mientras él revisaba toda la rebotica para encontrar sus pastillas para la tensión a esperar con la farmacia cerrada en la puerta porque un usuario había sufrido un retraso en el viaje desde el norte de Marruecos y venía expresamente a buscar un tratamiento.

La más graciosa fue la de un hombre que me pedía algo bueno en pastillas. Le pregunte para qué era y él afirmaba que fuesen buenas. Ante mi pregunta si eran para dolor de cabeza, estomago o para qué las quería, el usuario se empezó a enfadar diciendo que él solo quería que fuesen buenas y que, si yo no las tenía, se iría a otro sitio. Después de intentarlo y sacarle varias opciones al mostrador el hombre desconfió de mi oferta y se acabó marchando. Siempre me quedó la duda de qué pastillas eran las realmente buenas.

 

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