Historias de farmacia

  • Comunicación con mascarillas

    Jue, 12/11/2020

    Con esta nueva normalidad y anteriormente a la obligatoriedad y al uso recomendable de las mascarillas, hemos hecho tan normal su uso ya en la farmacia que llegó, recién terminado el confinamiento, un paciente sordomudo que es habitual. Normalmente, no hay ningún problema con él porque nos lee los labios y gesticula perfectamente.

  • Dibujos para pacientes

    Mar, 06/10/2020

    Es casual, o no, lo que nos pasó a mi madre y a mí. Muchos de los pacientes que acudían a la farma, allá por finales de los 60 y principios de los 70, eran analfabetos y mi madre les pintaba dibujos y símbolos para diferenciar las medicinas, así como las tomas según posología. Cuando yo empecé a trabajar y me encontré que había gente analfabeta o mayor que apenas veía u oía, les hacía dibujos también, sin saber que mi madre lo hacía.

  • La pastilla colorada

    Mié, 02/09/2020

    Un día me vino una señora que vivía en Girona desde hacía unos 10 o 20 años, hablaba en castellano y era de origen andaluz, así que hablaba con ese acento en el que nunca acaban las palabras. Vino a buscar la pastilla de la tensión, pero no se acordaba de cómo se llamaba la pastilla. Le preguntamos, pero no lo sabía. Le preguntamos de qué color era la pastilla y dijo que la pastilla era colorada. Para mí, colorada significaba que era de un color, pero quería saber de qué color. No sabía que colorada correspondía al rojo.

  • Pegamentos dentales

    Mar, 21/07/2020

    La verdad es que no he tenido mucha suerte con respecto a situaciones graciosas o embarazosas en la farmacia. Personalmente, nunca me ha ocurrido nada más raro que confundirme y preguntarle a una clienta si está embarazada cuando realmente no lo está. Pero recuerdo claramente una historia que le pasó a una compañera que todavía recordamos con humor en la farmacia.

  • Escenas de madrugada

    Mar, 16/06/2020

    Las mejores mías son de guardia, como cuando a las 3 de la mañana abrí el guardiero y me encontré el poyete blanco entero porque tres chavales habían decidido que era el sitio perfecto para repartir la droga. Ya te ves a la pobre que había tocado el timbre (a por un biberón. ¿Quién no ha vendido un biberón de madrugada?) contándome lo que necesitaba mientras yo reñía (desde la seguridad de estar encerrada, claro) a los chicos.